En Santa Elena hay un gimnasio visitado por toda la gente VIP de la ciudad, al cual tengo el gusto de asistir religiosamente, 4 veces por semana aunque no sea considerado VIP. La única persona de este planeta que piensa que soy VIP es mi madre. Además de eso, ella cree también que soy el tipo más inteligente, guapo y talentoso que existe. Yo tengo mis reservas.
En el gimnasio donde yo voy, van chicos, chicas y maricones. Desde altos, bajos, cholos, flacos hasta enclenques adolescentes e incluso una que otra embarazada. Todos ávidos de tener el cuerpo soñado. El flaco quiere ser gordo, el gordo quiere ser flaco, el alto quiere ser bajo, el bajo quiere ser alto, el perfecto quiere ser más perfecto todavía. Nadie está conforme, y mientras exista el gimnasio nadie lo estará.
Al gimnasio a donde yo voy también llegan cincuentones que quieren tener los músculos que nunca tuvieron a los treinta y que lo más problable jamás tendrán.
Más allá desfilan viejas buenonas que a falta de marido interesado buscan seducir algún desneuronado muchachito veinteañero. Si es mudo mejor.
Hay una atractiva joven que prostituye su sonrisa a todo aquel que se le cruza.
Un gallardo, pero impresentable pelo engomado cholo se ríe como chompipe y sus alaridos llegan e incomodan hasta el corrupto guarda del parqueo. Digo corrupto porque les tiene apartados, a cambio de una jugosa propina, lugares en el parqueo bajo techo a los más “inn” del gimnasio. Los más “inn” del gimnasio son obvia y lógicamente los más “inn” del país.
Y ahí llego yo, modelando mi camisita con hueco y zapatillas gastadas a tratar de tener el cuerpo como el tipo de la revista. Pero, luego de 20 minutos casi inhumanos en la banda me doy cuenta que el tipo de la revista no existe, que es una obra del photoshop, que es una quimera, una mentira bien contada, pero nada más, entonces simplemente dejo mi rutina a medias y me voy a comer unas alitas. Con birra, claro está.