viernes, 24 de octubre de 2008

Odio a los que escriben en blogs.

Odio a los que escriben en blogs porque no saben escribir. Si supieran escribir de verdad no escribirían en un blog.
Odio a los que escriben en blogs porque es gente que jamás en su vida podría publicar algo en un medio mucho más masivo.
Odio a los que escriben en blogs porque los blogs no cuestan un peso y a diferencia de los grandes escritores se la llevan más fácil.
Odio a los que escriben en blogs porque solo su familia y un par de amigos los lee y por eso ya se sienten personas muy brillantes.
Odio a los que escriben en blogs porque envían correos estúpidos publicitando su espacio y lo único que consiguen es atascar los mails con basura.
Odio a los que escriben en blogs porque creen que al resto de la gente de verdad les interesa lo que ellos puedan decir o contar.
Odio a los que escriben en blogs porque cuando reciben algún comentario negativo se toman la molestia de responder cada crítica aunque se vuelva un pleito de callejón interminable.
Odio a los que escriben en blogs porque se creen grandes novelistas y carecen de todo tipo de herramientas y recursos literarios para entretener a los lectores y contar buenas historias.
Odio a los que escriben en blogs porque esconden su mediocridad y resentimiento tras seudónimos tontos para poder criticar a los demás.
Odio a los que escriben en blogs.

lunes, 13 de octubre de 2008

El bolo tambaleante

Antonio, un conocido productor de publicidad del medio, famoso por su indiscutible capacidad de ingerir incontables botellas de cerveza como si fueran horchatas, y yo, salimos a refrescar las gargantas un día de estos. Me dijo, vamos a la Cocina de María. No tengo hambre, le dije. Soltó una gran carcajada mientras yo lo miraba pasmadamente. Es un bar, dijo.

Llegamos. Nos sentamos. Pedimos.

Corrían los baldes animosamente por las cáducas mesitas de madera de La Cocina cuando de pronto, en un súbito arrebatamiento de furia el imberbe disc jockey puso a sonar música de Maná. Una señal más que divina para saber que era momento de marcharnos. El destino nos tenía preparado otro lugar: El Búho. Solo dije otro lugar, no un lugar mejor.

Llegamos al Búho a eso de las once de la noche. El Búho sería un lugar increíble sino fuera por la gente que va y por la música que ponen. Pero, en todo caso, es un lugar increíble porque hicieron sonar un par de canciones de Pinkfloyd, que es, en lo que a mí respecta, uno de los mejores grupos de la historia, después de The Cure, obviamente.

A la media hora de estar moviendo la cabeza de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, y haber pasado por conversaciones triviales e irrelevantes, pero entretenidas, se le acercó a Antonio un gordo, mofletudo, blancón, tambaleándose al sonar de la música, pero no siguiendo el ritmo. En principio no se reconocieron. Pero luego, una vez que se examinaron profundamente con las miradas, Antonio, gritó: Doctor Fano, no lo había conocido, y se abrazaron eufóricamente.

El doctor Fano acababa de llegar de California. Había estado trabajando durante dos años en un hospital que se especializa en el transplante de neuronas e hígados. Tenía un consultorio y una secretaria media pochotuda que de vez en cuando le hacía consultas de otra índole. Debido a su ocupación se volvió vegetariano, solo comía zanahorias, alcachofas con salsa ranch y agua.

Inmediatamente, el doctor Fano, se parqueó en nuestra mesa, me saludó con un endeble apretón de manos debido a su condición de embriaguéz y muy amablemente nos pagó cervezas a cada uno. Estaba tan ebrio que con las justas se sostenía en pie, pero se quedó de pie, porque sentarse requería de toda una logística y actividad cerebral y física que el cuerpo ya no le permitía, o más bien las birras. Me miró con sorna y lo primero que me dijo fue:
-Tu sos guapo, ¿verdad? – con una gran sonrisota en el rostro.
-Tu también eres guapo, respondí.
-No, no, no, tu sos guapo, dijo de nuevo.
-Bueno, para mi madre, talvéz, dije, con ánimo de sacármelo de encima. Soltó la risotada y pidió otra cerveza.
-¿Dónde te cortás el pelo? – preguntó.
-Con un maricón, tienes cara de que te gustan los maricones, ¿te gustan los maricones? – pregunté con descaro. Solo me miró con ganas de partirme la cara y mutilar mis extremidades para luego meterlas en un maletín y tirarla en medio de alguna avenida concurrida esperando que los carros me aplastacen groseramente.

Dada la mirada que me hizo, me pareció extraño que no reaccionara, que no se exaltara debido al mal trago, más bien solo cambió de tema y me contó que su mujer le había puesto los cachos y se había ido con otro tipo, unos 10 años más joven, más guapo y no tan alcohólico como él, lo que me pareció muy inteligente por parte de la sufrida señora, y digo sufrida porque yo tampoco soportaría el estar con un gordo, alcohólico con aliento de burro, que ni siquiera pueda mirarse el miembro por la inmensa panza que se maneja. Obviamente, no se lo dije, solo lo pensé. Lo que sí le dije fue que yo con todo gusto lo acompañaría a una reunión de alcohólicos anónimos, donde podrían ayudarlo a reconstruir su vida, y que si bajaba un poquito de peso, tenía algún chance de casarse nuevamente. Incluso le prometí comprarle un libro de autoayuda personal esos “for dummies”. Pero, al parecer mi altruista y desinteresada ayuda no le pareció muy atinada, a lo que respondió con odio.
-Sos una mierda.
-Si yo soy una mierda, tú eres más mierda todavía, le dije sin exaltarme, mirándolo fijamente.
El bolo seguía tambaleándose. La música era ensordecedora. Antonio contemplaba toda la situación calladamente, hasta que se hartó y sin poder contenerse, agarró al sujeto del brazo y le dijo que se fuera inmediatamente, que tanto él como yo, ya estábamos hartos de oirlo hablar tantas barbaridades e incómodos con su presencia. El doctor Fano, empezó a forcejear con Antonio. En 15 segundos se había armado una gran gresca descomunal: las sillas llovían, las cervezas se derramaban sobre la barra, un tipo se robaba un par de cd’s de System of a Down y Antonio tenía bien neutralizado por el brazo al doctor, el cual trató de librarse pero debido a la fuerza de la gravedad y nuevamente a las birras, se abalanzaron hacia una de las ventanas y el gordo bolo cayó desde el segundo piso hasta el suelo y quedó despanzurrado con las entrañas reventadas sobre los arbustos próximos a la avenida. Se armó un gran alboroto. Antonio abandonó inmediatamente el lugar con el primer taxi que vio. Yo quedé consternado por el suceso. Y al llegar a mi casa, pensé que, quizás sí era una mierda.